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  san José
Octavo día

Novena en preparación a la Solemnidad de san José

V. Reunidos para la celebración a esta fiesta de san José, nuestro protector, consideremos, queridos hermanos, su vocación única y sin igual como esposo de María Santísima y como padre de Jesús, y por intercesión de él pidamos al Señor poder comprender nosotros también, más profundamente nuestra vocación y misión.
Lecturas:
Lucas 4, 16-22.
16 Vino a Nazaret, donde se había criado y, según su costumbre, entró en la sinagoga el día de sábado, y se levantó para hacer la lectura.
17 Le entregaron el volumen del profeta Isaías y desenrollando el volumen, halló el pasaje donde estaba escrito:
18 El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos
19 y proclamar un año de gracia del Señor.
20 Enrollando el volumen lo devolvió al ministro, y se sentó. En la sinagoga todos los ojos estaban fijos en él.
21 Comenzó, pues, a decirles: « Esta Escritura, que acabáis de oír, se ha cumplido hoy. »
22 Y todos daban testimonio de él y estaban admirados de las palabras llenas de gracia que salían de su boca. Y decían: « ¿No es éste el hijo de José? »

SAN JOSÉ, EL HOMBRE DEL SILENCIO: Del discurso del Papa Pablo VI, 19 de Marzo, 1965.
Después de la lectura del Evangelio no entiendo hacer el panegírico como se acostumbra hacer con los santos, sino mirar una característica fundamental: la pequeñez, la paradójica pequeña descripción que el Evangelio nos ofrece de san José.

¿Qué hay de más humilde, más simple, más silencioso, mas escondido que nos podía ofrecer el evangelio, para poner al lado de Jesús y de María?
La figura de san José está trazada con los rasgos de la modestia más popular, más común y, usando valores humanos, la más insignificante, ya que no encontramos en él ningún aspecto que pueda hacer trasparente su grandeza real y su extraordinaria misión, que la Providencia le había confiado.

Mirando en el espejo del relato evangélico, san José aparece con los rasgos de una extrema humildad: un modesto, pobre, insignificante, pequeño obrero, que nada tiene de extraordinario; tanto que en el Evangelio mismo no se relata ninguna palabra suya; no se recuerda ninguna palabra suya: se habla únicamente de su manera de actuar, de los que hizo, y todo en silencioso ocultamiento y obediencia perfecta.

Era el Padre legal de Jesús, el esposo de la Virgen Inmaculada, aquel quien dio su reconocimiento civil en la tierra, a nuestro Señor, quien le dispensó la asistencia más devota y necesaria… José también ha sido en todo momento y de forma ejemplar el insuperable custodio, asistente y maestro. Ha sido en su sumisión completa y en su dedicación, de una grandeza sobrehumana que encanta. Detengámonos sobre esta humildad.

Como nos parece cercana y fraterna a muchas de nuestras estructuras frágiles, mediocres y pecadoras. Como se puede entrar en confianza con un Santo que no da miedo, que no busca distanciarse de nosotros, más bien con una mirada cariñosa que nos confunde, casi, casi se pone a nuestros pies para decir: ¿Ves cuál es el nivel que se me ha confiado?
Y bien, a este nivel, a esta indescriptible sumisión el Señor del Cielo y de la Tierra se ha rebajado y ha querido rendir homenaje, escogiéndola y prefiriéndola a otros valores humanos.

Jesús escogió a José. Nos preguntamos ¿Por qué Cristo, quien tenía libertad de elección y, más aún, tenía posibilidad de crearse un pedestal de grandeza, nobleza, poder, esplendor para dominar el mundo y, así predicar, salvar al mundo, ha querido como ejemplo y como tipo, a el agradable, un Santo tan pequeño y tan humilde?
Nos parece, por dos razones: la primera, que se puede comprobar con muchas citas de la Sagrada Escritura, podría relacionarse, por así decir, con el celo de Dios.

El Señor ha decidido la cooperación humana. Nos ha salvado de una manera compuesta por dos actividades: la suya y la nuestra. Ha establecido que su infinito poder, su trascendente grandeza, llegando al contacto con la naturaleza humana, no quedaran disminuidas o confusas.

Ha querido ser solo pero recibiendo nuestra ayuda.
La segunda razón parece ser un acto de afable condescendencia, de cortesía hacia todo el género humano. Ya que Dios baja del cielo para hacerse hombre, antes de experimentar el atractivo hacia él, casi sentimos un deseo de huir, un deseo de retirarnos: “Aléjate de mi, que soy un hombre pecador”. Por otro lado, el Señor, para entrar en dialogo con nosotros y ser verdaderamente nuestro hermano; para no atemorizarnos, sino para llamarnos, para darnos confianza, se ha hecho sumamente pequeño. El Señor ha bajado hasta el último peldaño de la escala social.

Con su humildad, reafirma el relato del Santo Evangelio que resume toda la ternura amorosa de Cristo para nosotros: “Vengan a Mí todos los que están agobiados y cansados, y Yo les aliviaré”.

   Preces:

  • Celebrando con devoción y fervor la fiesta de san José, esposo de la Virgen y padre de Jesús abramos nuestros corazones a Dios con fe y digamos.
  • Por la santa Iglesia de Dios: para que respalda por el amparo de san José, pueda cumplir fielmente su misión de salvación del mundo entero.
  • Por los sacerdotes y religiosos de todo el mundo; para que imitando a san José comprendan y vivan con fidelidad su noble vocación para gloria de Dios y salud de las almas.
  • Por nuestras familias: para que imiten los ejemplos de la Sagrada Familia de Nazaret.

Oración:
Oh Dios, que en tu inefable providencia te has dignado escoger a san José Patrono de la Iglesia universal, concédenos experimentar como intercesor en el cielo a quien veneramos como protector en la tierra, por Cristo nuestro Señor. Amén.

O bien

Que el esposo de la Santísima Madre de Dios nos venga en ayuda con sus méritos y cuanto solos no podemos conseguir, lo alcancemos por su intercesión. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.


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